4
“Eine Zwang, nach dem Eines geschehen müßte,
weil etwas anderes geschehen ist, gibt es nicht.
Es gibt nur eine logische Notwendigkeit”
Ludwig Wittgenstein [1]
No es la mejor manera de despertarse. Un llamado a las 8 de la mañana para informarme que a Augusto van a cortarle una pierna. Vaya mierda.
Augusto tiene más dinero del que podría derrochar en seis vidas, aún con ambas piernas. Lo hizo con seis o siete negocios instantáneos, desaforados y suicidas, pero que le salieron bien. Jugadas maestras, movimientos de riesgo extremo realizados en el momento exacto, y no todos enteramente dentro de lo legal. Entre medio hubo tres o cuatro negocios igualmente instantáneos, desaforados y suicidas que lo hundieron por completo y hasta lo más profundo del pozo. Pero en todos los casos volvió a ponerse de pie con otra jugada brillante, que terminaba ubicándolo unos escalones más arriba de donde estaba antes de la última caída.
Es obvio que podía actuar así porque siempre fue un desaforado en todos los aspectos de su vida. Su lugar en el universo es la desmesura. Así llegó a los 55 años con el organismo acribillado por los excesos. La diabetes no es la peor de sus dolencias, pero como jamás le prestó la menor atención a ese ni a ningún tratamiento, esto le acaba de costar la pierna. Me pregunto qué sucederá con él cuando despierte tras la operación. Me dijeron que pidió que yo estuviera a su lado en ese momento. La puta madre que te parió, Augusto…
Ya son las dos de la tarde y Augusto sigue bajo el efecto de la anestesia. Cristina, su eterna secretaria full-time y para todo servicio (hasta fueron presos juntos una vez) me dijo que Augusto sufrió un paro durante la operación, pero que al parecer lo remontaron bien.
Tres de la tarde. Un grupo de médicos entra a la habitación. Dos minutos después, uno se asoma y nos dice que Augusto está despertando. Voy a tener que entrar.
He visto a Augusto duro de cocaína y pasado de ácido, pero esta vez está realmente ido, es un saco de huesos con dos bolitas flotantes y desconectadas entre sí bailoteando en sus cuencas oculares.
“Irlandés…”, balbucea. “El puto… ¿Se viene? Frus… Frusí… Frus…”.
“Va a tardar un rato todavía en reaccionar”, me dice un médico.
“Al menos me reconoció. Cuando se refirió al ‘irlandés’, quiero decir…”.
Un par de los médicos se ríen burdamente. Siempre oí acerca de que el humor de bajo nivel funciona bien en ámbitos de alto estrés como el de los médicos en servicio, y parece que así es. Una médica, sin embargo, me mira con desdén. Se me ocurre invitarle un café.
Siempre amé las cafeterías de hospital. Quizá porque pocas veces estuve en ellas. Nada odio más que los hospitales, excepto las clínicas privadas. Lo cual es inversamente proporcional a mi amor por las mujeres vestidas con esos casi impalpables ambos formados por casacas y pantalones de tela que usan las médicas o las enfermeras; más aún en los últimos años, cuando abandonaron el blanco y pasaron a colores como el rojo, el anaranjado, el violeta o, como es el caso de Marisel, la médica que reprobó mi chiste burdo, ese amarillo fosforescente que te dice “soy demasiado chillón, agredo tu vista, querés arrancarme de este cuerpo… Hacelo”.
“Sí. Tengo”, dice Marisel.
“¿Qué…?”.
“Corpiño. ¿No es eso lo que tratás de descubrir mirándome de esa forma?”.
“Ah… No, no, eso ya lo vi en la habitación de Augusto. Simplemente miraba el color de tu casaca. Es como hipnótico, ¿sabés? Te produce un estado de anonadamiento”.
“¿La casaca? ¿No lo que hay dentro?”.
“La casaca. Lo que hay dentro también. Pero fundamentalmente la casaca”.
Me mira desconcertada. Este es el momento en el cual, si acierto con la siguiente frase, la anterior —uno de mis típicos exabruptos entre incoherentes y antisociales— se convierte en algo que me muestra interesante, original, y finalmente encantador. Que nadie me pregunte por qué llega una mujer a semejante conclusión. Pero lo hacen, benditas sean.
Lástima que no alcanzo a pensar la frase siguiente porque aparece Cristina a decirme que Augusto me llama.
Ahora se lo ve perfecto, en la vereda opuesta al molusco idiota que era hace un rato. Siempre sus extremos desaforados. Eso me desespera. ¿Cuáles son las primeras palabras que se cruzan con alguien a quien acaban de amputarle una pierna?
“Qué decepción, irlandés…”, me dice apenas me ve. “Tantas películas sobre veteranos de Vietnam que vi, tantas novelas de guerra… Incluso aquella historia tuya sobre la Guerra Civil española que le vendiste a los italianos, ¿te acordás? Tanto que me llamó siempre la atención eso de que cuando te cortan una gamba la seguís sintiendo, y hasta te parece que te duele o te pica… ¡Y yo no siento un carajo la gamba, me la cortaron a la mierda y listo! Qué decepción…”.
“Y qué querés, Augusto, los italianos no entienden un sorete de la Guerra Civil española…”.
Lanza dos carcajadas secas y me pega dos fuertes palmadas. En la pierna.
“Bueno, che, así que estabas acá, nomás, como te pedí….”.
“Nunca tengo nada que hacer hasta después del mediodía”.
“Sos un buen tipo vos. Sos raro, pero un buen tipo”.
“Si me vas a seguir insultando me voy a la mierda”.
“Oíme, boludo, necesito un favor”.
“Dale…”.
“Pedile guita a Cristina. Lo que sea necesario. Y quiero que vayas a esos lugares raros que vos conocés y me compres ropa militar. Pero mucha, ¿eh?, y verdadera, nada de imitaciones. Ropa original, afanada al Ejército. Todo un vestuario completo. Incluyendo calzoncillos, camisetas, medias… Bueno, medias no tantas, acordate que ahora a mí cada par me rinde el doble…”.
“No es el mismo caso con las botas, la derecha de cada par la vas a tener que usar de florero o de alcancía”.
Vuelve a reír y a palmearme la pierna.
“¡Buenísimo! ¡Dale, dale, andá! ¡Casacas, gorras, pantalones, ropa de gala, de todo, y mucho!”.
“Está bien. ¿Y puedo saber por qué me pedís esto?”.
“Y bueh, comienzo una nueva vida, ¿no? No soy el que era hasta ayer, soy otro. ¿Por qué no un militar?”.
Eso es espíritu. Váyanse a la mierda todos los blandos de este mundo, cuézanse en el caldo de sus pantalones cagados. ¡Esto es espíritu!
“Irlandés, esperá…”, me dice cuando estoy saliendo.
Me vuelvo y lo miro. Él hace una pausa de tres segundos.
“Lo que quieras. Vos lo sabés, ¿no? Cualquier cosa que necesites, contá con el rengo Augusto. Lo que quieras…”.
Ahora soy yo el de los tres segundos de pausa. Luego le sonrío.
“Qué alegría, me voy saltando en una pata de contento”.
Y salgo sobre mis dos piernas, con el eco de sus carcajadas como fanfarria de despedida.
5
Me llevó toda la tarde el tour para conseguir el vestuario de Augusto. Le llené tres valijas de material original. Una masacre de billetes, por supuesto. Pero tomé la precaución de no pedirle dinero a Cristina: directamente me la llevé conmigo, para no tener límites de liquidez. Ese es el espíritu de Augusto.
Regreso al hospital con el tiempo justo para entregar el encargo y encontrarme con Marisel, que acaba de terminar su día de trabajo.
“¿Qué te parece si vamos directamente a mi casa?”, me dice. “Tengo que estar de vuelta a las cinco de la mañana, me toca guardia. Así aprovechamos mejor el tiempo”.
Tiene razón. ¿A quién le interesa toda esa desgastadora ceremonia de conocerse, ir a cenar, ser impostadamente brillante? Es tan cansador…
Saliendo en su auto del estacionamiento del hospital, Marisel me habla con un extraño tono cuidadoso.
“Sabés, yo… bueno, vivo con una amiga. Es una de las personas más divertidas que conocí en mi vida, y… en fin, la verdad es que como mujer es espectacular, tiene un cuerpo increíble… Además… es super abierta, cero represión…”.
“¿Pero…?”.
“No, nada, que… ella es… especial”.
“Mh. ‘Especial’ es la manera de no decir nada cuando hay mucho para decir”.
“Mirá, vos sos un tipo especial, estoy segura, por eso te invité directamente a casa. Y un tipo especial sabe apreciar lo especial…”.
Me dedica una sonrisa que haría eyacular a un castrato. Le hago un gestito con las cejas.
“Como agente inmobiliaria serías arrasadora…”.
“O como vendedora de autos usados, ¿no?”.
Se echa a reír. No se cambió el conjuntito amarillo para irse del hospital. Y va manejando su auto. Y para hacerlo se puso unos adorables anteojos. Parece que hubiera tenido acceso a mi lista secreta de fetiches, porque eligió los tres que la encabezan. ¿Qué reparo podría ponerle? Let’s go, veamos qué tan “especial” es la amiguita.
Llegamos. Es un loft en un complejo exclusivo sobre la calle Dorrego, a un par de cuadras de Canal 9. Vine acá un par de veces en la época en que escribía para la televisión. Había tres o cuatro actrices en este complejo, y un par de directores de cámara. Ningún actor. Esto me había llevado a alguna conclusión en aquel momento, una conclusión interesante, original y encantadora que, por lo tanto, olvidé por completo.
No se ve a nadie en el loft.
“Qué raro. Le avisé que veníamos”.
“Habrá salido…”.
“Luli no sale así porque sí…”. Marisel dijo esto con cierta obviedad, que sin embargo me inquieta un poco. “Esperá, voy a ver en el baño”.
Marisel sube una corta escalera hacia la parte alta del loft. El ambiente es hermoso, en verdad excitante. Un escenario inspirador, que te llena de ideas que sin excepción terminan en un delicioso cosquilleo. Empiezo a impacientarme con el misterio de la amiguita.
Marisel vuelve sonriente.
“Luli ya viene. Sólo que prefiere que yo te vaya contando…”.
“No la vi y ya coincidimos: yo también lo prefiero…”.
“Bueno, el tema es que… Luli tiene una vagina dentada en la boca”.
La miro mudo. Wovon man nicht sprechen kann, darüber muß man schweigen.[1]
“No es tan terrible como suena. Sólo tiene labios vaginales en lugar de los labios comunes. Sus dientes son normales”.
“Ah, bueno, ahora está mejor, sí”, balbuceo. Y supongo que es cierto, peor sería que tuviese dientes puntiagudos, pequeños, superpuestos y por docenas. Creo. No sé.
Y entonces aparece Luli, bajando la escalerita. Sonriente, si es que el término es correcto. Y casi desnuda, excepto por un pantaloncito de jeans con las piernas cortadas casi a la altura de la ingle. Ese corte le queda mejor que a Augusto, por cierto, lo cual es obvio porque Luli conserva ambas piernas y son increíbles. Las tetas son mejores aún, preciosas en su forma pero no excesivamente grandes. En cualquier momento voy a tener que volver a mirarla a la cara, abiertamente.
“Voy a cambiarme”, dice Marisel. “Me doy una ducha y vuelvo enseguida”.
No podía tener peor idea. ¿Qué hago a solas con Luli? Me pongo a armar un cigarrillo, diez segundos después oigo el agua de la ducha cayendo allá arriba. Enciendo el cigarrillo. Le doy una pitada. Dos. Tres.
“Sos de los que adoran las tetas, ¿no? Me las comiste con los ojos. Al resto de mi cuerpo le hiciste un escaneo rápido, pero con las tetas te moriste. Es así: ustedes se dividen entre los del culo y los de las tetas. Y vos sos de las tetas”.
“Guilty”, contesto, sonriéndole y mirándola a la cara. Por ahí está loca, pero creo que no, que es terriblemente inteligente. Resolvió la situación con sólo un par de líneas perfectas. No sé si yo podría escribir un diálogo tan bueno, lo dudo.
“De todos modos”, continúa ya en total distensión, “mi culo tiene un alto nivel de competición, ¿lo viste bien? Con este pantaloncito, he visto hiperoxigenarse a más de uno. Mirá…”.
Se da vuelta y se inclina un poco hacia delante, arqueando la espalda. Sí, es un culo espectacular. Como moldeado por Milo Manara con resina marciana. Luli lo deja en exposición el tiempo exacto para que te enamores y te quedes con ganas, y se endereza otra vez hacia mí.
“Pero si sos de las tetas, acá las tenés… Ahora comémelas en serio, no con los ojos. Llenate bien la boca, dale… Dale, sí…”.
Y me lleva la cabeza hacia esas dos maravillas. Empiezo por la izquierda, sin razón en especial. El pezón está duro, y se tensa aún más cuando lo humedezco con la lengua. Pero enseguida siento la presión de sus manos en mi nuca, empujándome hacia delante.
“¡Comé, te dije! ¡Comémela, comete mi teta!”.
Me obliga —y no es porque me resista— a meterme toda la teta que puedo en la boca, prácticamente quiere que se la mastique. No sólo yo: evidentemente ella también es del bando de las tetas. De esas mujeres a las que podés hacer llegar a un par de orgasmos sólo trabajándole las tetas con la boca durante todo el tiempo que se te ocurra. Una tribu a la que adoro, por cierto. Aunque Luli pasa de la cosa progresiva de menor a mayor y va directo a lo duro, al tarascón y la marca de dientes junto a la areola.
“¡Más! ¡Más fuerte! ¡Mordé, mordé…!”.
“¡Ey! ¡¿Por qué empiezan sin mí?!”, oigo la voz de Marisel.
By the way: Marisel regresó con el pelo mojado y su conjuntito de tela amarilla puesto, esta vez sin nada debajo, eso es evidente. Me va a dar un ataque. No psicótico ni cerebrovascular, ni siquiera cardíaco. Simplemente un ataque. Algo mucho más absoluto y metafísico. Un ataque.
Marisel disfruta de la mirada atónita y agradecida que le dedico. Me dedica a su vez una sonrisa endemoniada y hace una genuflexión cortita y simpática como una criada favorita a su conde del siglo XVIII.
“You’re welcome, sir…”.
[1]
“No existe la necesidad de que una cosa deba suceder porque otra haya
sucedido; hay sólo una lógica necesidad”. (Tractatus
Logico-Philosophicus, 6.37).
[1] “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”. Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, 7 (N. de los E.).
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